III
Los jardines renacentistas
Tras la villa se extiende uno de los jardines más bellos de Roma: dieciséis cuadros de boj recortado, ceñidos por altos setos de laurel y jalonados de pinos piñoneros y estatuas antiguas. Un obelisco egipcio marcaba su centro — hoy una copia, pues el original partió hacia Florencia en 1790.
El jardín está concebido como una serie de salas al aire libre: parterres regulares junto a la villa, luego el Bosco salvaje de encinas, y por fin el monte Parnaso, un montículo artificial coronado por un templete. Fuentes, pilones y juegos de agua marcan su recorrido.
Allí se encuentran el Mercurio de Giambologna, el grupo de los Nióbidas sorprendidos por las flechas de Apolo y Diana, los bustos de emperadores y los hermes alineados en los paseos — copias de las antigüedades que los Médici coleccionaban y que hoy están en los Uffizi.
Mascarones, leones de mármol, sarcófagos y columnas surgen entre la hiedra: el jardín es él mismo un museo. Al fondo, entre los árboles, se abre la más bella vista sobre las cúpulas de Roma.
